
Ahora que Zar es mi sombra, antes de irnos a dormir salimos a dar un paseo, suele ser a eso de las doce. Le estoy intentando enseñar a pasear tranquilo a mi lado a pesar de su instintiva necesidad de marcar cada esquina y a cambio le ofrezco treinta minutos de absoluta libertad. Ayer, mientras Zar hacia sus cosillas, vi a un vecino pasear con su perro, iba sin correa y cada tres pasos el hombre se paraba en seco y decía SÍT, y el perrino se sentaba como un clavo a su lado. "La ostia", pensé y deduje que debía ser un tipo con un gran conocimiento de la conducta canina y con una gran intuición y perseverancia, porque para enseñar no vale con explicarse bien, hay que dar ejemplo, hay que estar ahí. Me dió cierta envidia porque se que cuando Zar aprende algo es más por su absoluta devoción hacia mi, que por mis dotes educativas, y seguí observándole oculta tras la maleza, intentando que no me sorprendiera, para rescatar información no sesgada a cerca del adiestramiento, que luego podria aplicar con Zar...qué quieres, si tienes que estar plantada delante de un perro treinta minutos esperando que cague, esta es una buena forma de pasar el rato, además, el hecho de observar a alguien sin que sepa que es visto conlleva un morbo implicito. Después de unos cinco o seis metros, con sus respectivos dos o tres "SIT" con clavada perfecta de dueño y perro, llegaron a un parquecillo que hay enfrente de casa donde ya no podia verles sin ser vista y opté por volver a mi qué hacer cotidiano, es decir, comprobar en qué punto del "huelo, araño, meo y tal" estaba mi perro. Al poco tiempo reparo en que sigo oyendo SIT,SIT,SIT, de forma insistente, y molesta. Esta vez, arriesgando mi posición, logro un emplazamiento donde vuelvo a recuperar el contacto visual, y entonces veo a este tipejo cual general imperial, plantado delante de su perro, mirándole fijamente a los ojos, y a ese pobre perro deseando darse un pirulo pero firme, muy firme, delante de él. Y cada vez que el animalillo se movía un poco, el otro gritaba "SIT" y el perrino se quedaba otra vez tieso. Entre SIT y SIT el hijo puta miraba hacia los lados para cerciorarse de no ser visto y poder seguir así con su estúpido jueguecito SADICO. Entonces, en un alarde de libertad, o de estar hasta los güevos, el perrillo muy humildemente, decide que ya está bien de tanta tonteria y se levanta. Es entonces cuando descubro que hoy es un buen día para mi vecino, porque puede desahogar su pobreza a golpes en el lomo de su perro, sin tener que aceptar que en el fondo eso es lo que le excita.